¡Hasta cuándo ya con eso!
Que el que sufre está excusado
de cometer contra sí pecados,
amargándole hasta los huesos.
Ya harto tuve con los excesos
y fue difícil encontrar la cura
para aceptar las vivencias duras
que en la vida tanto me visitaron.
Al final los sentimientos que pagaron
son los que me devolvieron la dulzura.
Cuenta por ahí un piojo
que hartos palos le habían dado,
que en veneno se había empapado
hasta que brotaron lágrimas por sus ojos.
Casi se quedó cojo.
Y aunque ahora alegrías siembre
sus retoños eternamente duermen
en un jardín calladito.
"¡Perdóneme Jesusito!"
No te perdonan tus liendres.
A latigazos algunos aprenden
a deslumbrarse con el milagro de la vida.
Ni aunque la misma Vírgen María me lo pida:
esta vida por nada se vende.
Ella es la que mi llama enciende,
la que me hace brindar hasta por los caracoles,
la que da a mis días lunas y a mis noches soles
protegiéndome de la soledad que me busca
y que cuando me encuentra se asusta
al verme compuesta de bemoles.
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