02:48 de la mañana anunció Radio Moscú con ese chirrido insoportable que la acompañaba cuando uno intentaba ubicarla en el dial, y ella sintió el rumor afuera de su casa. Se acordó de una vez en que Jacinto, con una rosa en la mano y una reverencia, la fue a buscar para ir una vez más al balneario de Las Cruces, que con un sol deferente y tímido detrás de la neblina costera los invitaba a volver cada vez que emprendían rumbo de vuelta a la nube negra que era Santiago. Siempre llegaba de sorpresa. Ella improvisaba una maleta con lo indispensable para pasar un día en la playita, mientras él la asía por esa cintura de rollitos pletóricos y le besaba su largo cuello de garza rendida, hasta que estaban listos para embarcarse en la autopista que llevaba al litoral central. Jacinto puso su compilado de cantautores clandestinos y cantaba a viva voz "Campos Verdes" de Los Blops. La voz de Eduardo Gatti se conjugaba perfectamente con el paisaje de la carretera: las nubes que surcaban el cielo parecían sincronizarse con la nostalgia con que Gatti entonaba la canción, acompañado de su guitarra, un bajo, flautas y bombos.
Pero el rumor que sintió esa noche traía un aroma distinto al usual: "En Invierno los aromas se congelan" dijo en su fuero interno. A eso atribuía el insospechado latido de la noche. Sí, eso debía ser.
Odiaba el invierno santiaguino, así que, vez que podía, se escapaba a las casas de sus amigos chillanejos miristas de la u de Conce que tan bien la acogían. Pero esta vez la, cito, “dictablanda” del perro la había pillado en Santiago, y una mezcla de entre miedo y pereza no le tenía permitido salir.
El rumor se hacía cada vez menos discreto y eso comenzó a asustarla. Prendió una vela y, mientras se disuadía de querer ir a averiguar la razón de tanto alboroto, se distrajo con una cucharada de puré de manzana que tenía sobre el velador. Se rascó la cabeza melenuda que había heredado de su padre a quien llamaban “el colchón de ramera” por lo divertidos que eran sus tupidos y saltarines rulos ubicados uno al lado del otro. Extrañó a su padre y luego, para no quedar en deuda, a su madre. Resuelta a salir de las dudas, se armó de coraje para levantarse y bastó eso para que en un lapso de tres segundos su habitación se atestara de unos señores con indumentarias que dejaban a la vista que se trataba de la autoridad. Dada una mediana ceguera, sumada a la obscuridad, no era raro que no pudiera defenderse de la violencia con que se imponían estos cristianos en su propio hogar, pero para su suerte el misterioso incendio de la casa de Las Cruces no la había dejado sin voz.
-"¿Quiénes son ustedes? ¿Qué les pasa? ¿Qué hacen?" –inquirió ella, a lo que uno de los hombres repuso: -"¡Bah! ¿No ven lo que les digo? La primera señal es ignorar que son unos malditos gusanos. Ya, puta, ven con nosotros, te vamos a llevar al criadero de gusanos donde mereces estar".
-"A ver ¿quién me explica lo que está pasando?". Poco sentido le hacía la situación. Uno de los hombres se acercó al estante donde permanecían algunos vinilos. Los había comprado con la plata que le daban en sus turnos esporádicos en el Café Haití de Providencia, que se llenaba, gracias a la acción de los Chicago Boys y su maestro Milton Friedman, de incipientes yuppies calientes-buenosparamirarpiernas pero que después de todo eran más afables de lo que ella hubiese deseado y le dejaban una generosa propina. Le gustaba ese trabajo, aunque la madre de Jacinto dijera que las niñas que atendían parecieran “uuuy bataclanas de la peor calaña con esas minifaldas, pareciera que vinieran saliendo del trabajo en la caseputas”, pues le dejaba tiempo para dirigir gratuitamente un ballet de las Juventudes Comunistas. Se presentaban los sábados por las noches en un sucuchín subterráneo de Recoleta que habían improvisado en la casa de Jacinto. Ahí se habían conocido, luego de que un bailarín se desgarrara la pantorrilla y ella saliera en busca de ayuda. Lo encontró a él bajo el umbral de la puerta de la cocina. Desprevenido del accidente, saboreaba un martini dry que, ya al estar al borde de vaciar la botella, lo tenía en el limbo del “equilebrio” como lo llamaba él entre risas. Ella le pidió ayuda y él no dudó en brindársela, y se acercó a ella con una disposición de oro, zangoloteándose sabrosamente al son de "La Batea" de Quilapayún.
Jacinto hacía lo que podía por salvar la pierna del muchacho y para impresionarla se muleó unos masajes orientales “que me enseñaron en China cuando me fui a estudiar allá. No, si en principio había ido a viajar, pero me gustó la dinámica de la gente con la religión que profesan, así que me dediqué a recorrer Indochina en busca de métodos ligados a la religión por medio de los cuales hacer la existencia humana menos pesada. Y este es un masaje que aprendí en Laos, se lo di a miles de chinitos que huían de Xiaoping” señaló el, tratando de tragarse su propia mentira. Ella, algo incrédula, miraba limitándose a morder las cutículas de sus dedos y pensando si dejar escapar unos gemidos de desesperación y nervios.
Finalmente el bailarín logró pararse sobre sus pies, no sin agradecerle antes al “sabio” Jacinto por su masaje oriental. Ella se mostró muy agradecida y en medio de titubeos, por fin pudo chistar unas palabras: “¿qué puedo hacer por ti para agradecerte? En este momento no tengo nada con qué pagarte, déjame ver si tengo algo en mi cartera---". Y él, ni huevón, le dijo interrumpiéndola: "Cuando todos se vayan, tú quédate". Lo habían deslumbrado sus ojos de frondosas pestañas, que parecían iluminar todo el subterráneo con ese marrón fulgurante tan intenso que los caracterizaba. Costaba sacarle una sonrisa a esta mujer que tanto había sufrido en su vida, pero una vez que contó uno de sus conocidos chistes fomes lo logró y supo que se había enamorado.
El milico se paseaba escrutando con sus ojos todo lo habido y por haber en la casa y ella se desplazaba atrás de él para ver que no le hiciera daño a ninguna de sus pertenencias. Cuando descubrió el estante de los libros, se acercó para echarles una mirada a los autores y en cuanto vio el primero de los libros comenzó a disparar, con su hocico súbdito del sistema indefendible, dirigiendo sus balas a los autores y al contenido de los libros.
- "Si te gusta leer este bodrio, ándate a Cuba, o si quieres lo arreglamos y te mando a arder en el infierno por este delito, puta de mierda ¡Retráctate de tu afición a estos autores! ¿Tienes cloro para desinfectarme las manos?" dijo displicente con una cara que se le caía del asco.Ella sabía que tenía derecho a guardar silencio pero esta situación se hacía cada vez más insostenible. Su ira detonó cuando uno de los hombres le prendió fuego a ese disco de Silvio Rodríguez que tanto le gustaba, "Rabo de Nube". Se lo había regalado Jacinto cuando llevaban tres meses saliendo.-"¡No, no, no!" gritó ella desde el bowindow donde se sentó a intentar entender qué pasaba. Los hombres la miraron con un ampuloso gesto de superioridad, sintió cómo la miraban literalmente por debajo del hombro y ella se les abalanzó encima para que quitaran sus manos del disco mientras seguía gritándoles para que lo soltaran. Ellos la detuvieron agarrándola por sus cuatro extremidades y aprovecharon la ocasión para tocarle los sectores más recónditos de su cuerpo que pocos habían explorado a sus pueriles 26 años.Ella se resistía como podía a costa de zarandeos, mordiscos y alaridos, sin pensar que echarse al hombro a seis tiras podía resultarle fatal. "¡Mira que para la sociedad es muy peligroso que personas como tú, defensoras del Diamat, del Ché y esa sarta de hijos de la puta madre que los parió, amenacen su existencia metiéndoles huevadas en la cabeza! ¿O acaso no te suenan la Jota, la Radio Moscú? ¿Brecht, Patricio Manns, Neruda? Bueno, para qué te sigo diciendo... ¡Ya vámonos! Veníamos a molestarte un rato, nada más" y fueron saliendo por la puerta delantera. Cuando el que le hablaba iba saliendo, se devolvió en seguida y le dijo: "Y agradece que no eres más puta porque no naciste antes" y cerró con un portazo escupiendo al suelo con presunción mientras la miraba amenazante y ella en shock y lloró por dos minutos que parecieron una eternidad y temió por su vida. En medio de este tormento emocional lo que mejor le habría venido hubiese sido un copetito para calmarse, pero ni siquiera se animaba a ir al refrigerador a buscarlo. Tenía atesoradas sus infaltables cervezas artesanales que le mandaban los amigos valdivianos, pero le daba una lata colosal molestarse en ir a la cocina a sacarlas del refri. Le dio rabia que no pudiese valerse por sí misma para controlar sus sentimientos y se lo recriminó una y otra vez. Así que se dijo a sí misma que sería mejor superar este atroz episodio sola, sin cervezas ni nada para ayudarla, y se fue a su cama. Buscó a Runi, su gato, para que le hiciera compañía. Se arrebujó en su lecho y cerró los ojos en busca de sueño. Le perturbaba pensar que el evento recién acaecido podría haberle costado la vida. Aunque a ratos hubiese deseado que una bala entrara por su sien para atravesarle los sesos, así podría estar de nuevo con Jacinto, pintando el mundo, sentándose en bosquejos de flores y besándolo hasta el fin del cielo. Pero por alguna razón eso no había ocurrido y prefirió recordar a Jacinto. Reanudó lo que estaba pensando antes de que llegaran esos milicos pluma parada y siguió recordando el día en que emprendieron rumbo a Las Cruces. Si bien lo que había ocurrido recién había sido terrible, pensar en Jacinto tenía un poder mayor sobre ella para poder abstraerse.
El pensamiento de que Jacinto era el hombre de su vida y derivados daban vueltas por su cabeza a medida que se acercaban al litoral. Una vez que llegaron, sacaron los bolsos de viaje del auto y caminaron hacia la casa, que era de madera y había sido construida por los abuelos de Jacinto. “Algún toque alemán tendría esta casa” dijo ella desde la ignorancia que tenía sobre los estilos arquitectónicos. No obstante la data de ésta, se mantenía en perfectas condiciones. Estaba un poco desordenada, eso sí. Pero eso se podía arreglar de inmediato.
Pasearon por la costa toda la tarde. Al momento de analizar el cuadro a ella le parecía cursi pero la verdad es que estar con él le llenaba la cabeza de pensamientos con forma de mariposas que se persiguen formadas en fila, que van dejando un camino de sinuosas estelas color rosado y que iban a hacerles cosquillas mientras bordearan sus cuerpos y volaban jubilosas, pero se repuso a esta idea diciéndose a sí misma, henchida de orgullo, que si tenía que representar la escena cursi caminando con él por la costa, estaba más dispuesta que nunca a hacerlo. Eso es lo que en ese momento a ella la hacía feliz. Y le sorprendía sobremanera la capacidad que él tenía para hacerla reír. Nunca le había pasado eso con nadie. Ese eterno espacio que había entre sus dos incisivos delanteros le resultaba tan chistoso como el que más, además de que por culpa de ese espacio no podía pronunciar bien la “ese”, sino que más bien “zezeaba inzezantemente” y ella no podía disimular sus burlas. A veces sin siquiera abrir la boca, con su pura existencia y muecas de monigote ella reía sin parar y le pedía tregua a su vejiga que estaba a un paso de estallar.
Cuando quisieron ver la puesta de sol lo hicieron recostándose sobre la arena y tapándose con un pobre chal que había sido devorado por las polillas. Ella pensaba, entre el frío de mierda que brindaba esa tarde y que le congelaba hasta la médula de los huesos, que al fin había encontrado al hombre de su vida. Si bien no lo sabía a ciencia cierta, al menos lo intuía. Lo sentía cuando él le besaba la espalda dejándole la ruta de la garúa madrugadora que en contacto con el aire le hacía sentir que él había trazado los caminos de su presente y futuro, cuando le acariciaba la despreciada melena que todo el mundo siempre le decía que se amarrara porque parecía trapero, o cuando le hablaba de lo despótico que le parecía que había sido Henry Ford en su momento. Y cuando hablaba con esa pasión que le afloraba en cada gesto, cada palabra que pronunciaba, cada mirada que lanzaba, por más indefensa que esta fuera, del Zendero Luminozo, del Ejérzito Zapatizta y el Zub-Comandante Marcoz. Esa pasión febril al hablar se le escapaba por los poros, y la misma pasión febril sentía ella cuando él le decía al oído que quería pasar el resto de su vida a su lado.
Mientras pensaba esto, de pronto sintió que él se acurrucó a su lado y la abrazó tan fuerte que ella pensó que el mundo se iba a acabar. Ella se extrañó y le preguntó que por qué la abrazaba tan fuerte, a lo que él repuso con un caricaturesco gesto, digno de máscara de drama griego, que no querría perderla jamás. Se miraron mutuamente, ella le acarició la barbilla y se decidió a besarlo como si fuera la última vez que lo veía. El tiempo parecía cada vez más estar perdiendo el respeto que se le tenía y ya la noción de éste se había difuminado entre el poder de los sentimientos que se comenzaban a generar. Pasaron los minutos y siguieron besándose hasta que ella comenzó a llevar las cosas más allá, sacándole a Jacinto, no sin un poco de inseguridad, el cortaviento y la polera que andaba trayendo (sí, su dejo a pacatería por fin estaba siendo superado). El, un versado amante y con mucha experiencia ya en la vida, hizo lo mismo pero con el chaleco y la polera de ella. Unos segundos después el frío se hizo sentir y decidieron irse a la casa, que era más cómoda. Más allá una tormenta eléctrica se avecinaba.
Algo la abstrajo un momento de estos recuerdos. Abrió los ojos jurando haber escuchado a alguien que merodeaba la casa. La presencia de sombras que pasaban por fuera y se traslucían por la cortina la amedrentó. Creyó oler una inusual ventolera con aires de parafina, pero luego pensó que sólo se trataba de paranoia por el mal rato que acababa de pasar. Sintió a Runi ronroneando, paseando su peluda cola por su quijada y lo acercó a ella para acariciarlo.
Subieron de prisa, pues ambos se desbordaban en ganas de unir sus cuerpos. A Jacinto le gustaba usar la metáfora del “enchufe”, aunque no fuera muy elegante: decía que, una vez que entraban en contacto, una vez que uno se insertaba en el otro, sus fuerzas eran capaces hasta de matar a alguien si trataban de separarlos.
El trataba de achuntarle con las llaves al picaporte y ella se le colgaba del cuello y reía coquetamente y le besaba el torso intentando protegerse con el chal de las gotas de lluvia que comenzaban a caer. Finalmente abrieron y corrieron a la pieza para tirarse en la cama y reanudar lo que habían dejado pendiente en la playa. Sus corazones parecían estar sujetos al inigualable ritmo del amor, y los compases marcaban latidos cada vez más fuertes y rápidos junto al armónico acompañamiento de los rayos que habían comenzado a caer afuera. Momentos como este los hacían rebalsarse de sentimientos agradables. Por su lado, ella aceptaba gustosa que Jacinto reclamara terreno en su lozana entrepierna, y Jacinto juraba tantas veces y con tanto entusiasmo que la amaba, que podría haberle coloreado en su endometrio un enorme arcoiris con la pintura que escupía enardecido su pincel. Mientras se amaban se dijeron algunas frases sucias, pues les parecía divertido ingeniárselas y tener esas desfachatadas salidas. De pronto ella advirtió oler a quemado
- “Espera ¿qué es eso? ¿Lo hueles?”
- “¿Qué coza? ¿El olor a chamuzcado?”
- “Sí ¡Qué fétido! ¿De dónde vendrá?”
Y entre risas Jacinto le contestó:
- “¿De dónde máz zi no ez de aquí?” – y le tocó el esplendor de su órgano reproductor
- “Ya ¡No me agarrís pal hueveo!” –repuso seria.
- Pero mírate ¡zi eztai máz caliente que pata de camello!
Ella no pudo contener su mohín adusto y comenzó a reírse una vez más de tanta huevada junta que hablaba Jacinto, a lo que luego él se incorporó y se quedaron en la cama riéndose a carcajadas por un buen rato, entretanto mientras se abrazaban con frenesí. Y ella, con los ojos cerrados en su cama, en compañía de Runi, pensó que se trataba de un déjà vu porque sintió el mismo olor a quemado de aquella vez, el mismo calor insoportable que de repente le arrebató a él la vida y que esta vez venía por ella.
Aaaah, está muy bueno! Me gustaron algunas cosas en especial. Una de ellas es la sutil intercalación de sus recuerdos y el presente, que a pesar de pasar de uno al otro indirectamente, se entiende perfecto. Lo otro es que no explicitas el contexto pero se logra deducir. Eso es muy interesante! Siento que le permites al lector jugar, dar rienda suelta a la imaginación, no es una lectura obvia. Qué bkn! Sigue escribiendo: hace muy bien!
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